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Ya
en 1990 escribí unos apuntes sobre la seducción en el Jiennense,
hoy once años después quiero completar aquellas opiniones,
matizando el proceso de desarrollo y educación de nuestros pichones,
factor básico para poder obtener ejemplares voladores y que puedan
dar toda la casta que lleve su genotipo, pero sin la lectura del citado
artículo, este quedaría incompleto.
Cuando los pichones nacen, desde los primeros momentos no tengo ningún
reparo en cogerlos para examinarlos detenidamente al menos una vez al día,
a parte del control que supone, con esto conseguimos que el animal se familiarice
no solo al contacto humano, sino a su presencia y reconocimiento, pues habrá
aficionados que ignoren que somos reconocidos, sobre todo por el colorido
de nuestra ropa, factor a tener en cuenta para entrar si es posible siempre
con indumentaria más o menos parecida, o al menos evitar en lo posible
extravagancias esporádicas que hagan que el palomar se quede solo.
Desde el destete los tendremos en libertad al menos medio día, con
la finalidad de que puedan ejercitar su musculatura y desarrollarse como
futuros atletas que son, teniendo cuidado no tengan carencias de alimentación
ni que puedan ser acosados por algún adulto ignorante de ese mal
proceder. A ser posible se le asignará desde el inicio el habitáculo
individual que lo deberá ser de por vida, con esto estamos fomentando
el apego a su territorio, por lo que si hay que recogerlos al anochecer
e introducirlos en su cachapera cada uno lo haremos, evitando la desorientación
que ocurre a veces en los palomares que algunos ejemplares no parecen saber
donde meterse. Yo suelo soltarlos al medio día, cerrándoles
sus cajones para que no sea ocupado el territorio por otro adulto. Al atardecer
los recojo para que les dé tiempo de comer. Cuando observo que son
capaces de defender su lugar les dejo abierto. Con esto evitamos conflictos
entre pichones y entre estos y los adultos.
Durante todo su desarrollo unos cuatro o cinco meses desde el destete, permanecerán
las parejas constituidas, es decir, no retiro las hembras hasta que no hacen
su primera postura. Con ello estamos acostumbrando al macho a permanecer
en compañía de hembra, aprenderá a pisarla, se hará
adulto y defenderá mejor su territorio y los veteranos aprenderán
a respetarlo.
Al poner su hembra si es viable se les dejará incubar durante unos
ocho días, para que aprenda a defender solo su espacio, pues hasta
entonces lo habrá hecho junto con la hembra, ahora incubando. Pasados
estos días llegará la hora de la verdad: al retirarle su hermana,
su hembra, su compañera de vuelo, su compañera de sexo, su
compañera de nido, en definitiva le faltara la mitad de su existencia
y sentirá un ansia por buscarla que todo aquello que vuele, le parecerá
una esperanza para el reencuentro. Estará unos días un poco
desorientado e incluso triste, pero pasado ese primer momento si su casta
es la suficiente para no desvalorar su estirpe, está dispuesto a
estar en búsqueda constante y en el aire pendiente a todo aquello
que vuele durante el resto de su existencia. Solo pedirá que de vez
en cuando se le recuerde que el trabajo tiene su recompensa, dejándole
unos días esa perdida que ha sido capaz de encajonar. Si pasada una
temporada, al año siguiente, empezamos a sentir miedo a que sea presa
de las rapaces o sufra un percance, ya estaremos valorándolo positivamente,
pensando en sacarle descendencia, será el momento de premiarle con
esa hembra que le hemos escogido y dejarle de nuevo ocho o diez días
en los huevos.




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